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Perdiendo la inocencia

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Le conmueve recordarlo. Aquello  ocurrió en su infancia,  creo que tendría diez  años de los de entonces.

Tarde clara de primavera en Uad- Lau, Tetuán, Marruecos. Los niños éran Gerardo,  Mariano,  Amparo,  Manoli,  Chinina,  Jaime, Manolito e Isabelita. Gerardo lidera el grupo de unos chicos de papá. A esas edades todos son hijos de papá. Gerardo era un poco mayor que el resto de la pandilla, pero poco más. Eso y el tener una excelente puntería lanzando piedras, le hacían  líder indiscutible.

Las palomas del Interventor eran algo intocable para los vecinos del pueblo que las veían volar y nadie osaba dispararle con o sin motivo. Menuda se las gastaba su dueño, el todopoderoso Moraqueb, al que ningún vecino  le llevaba la contraria.

Una tarde en Uad-Lau daba para mucho, más aun en una primavera africana de largos y coloridos crepúsculos. Desde jugar a la comba o al piso las chicas, hasta las bolas o el trompo los enanos, y todos juntos a salvo la cadena, conocido en Cádiz como <el contra>. 

Gerardo  se resistía a no lanzar piedras con el tirachinas que el mismo se había construido de forma rudimentaria. A blanco fijo era imbatible. Jamás fallaba a una lata de cerveza o a una ramita que le pusieran como blanco, a noventa o cien metros de distancia.  A blanco móvil era más fácil que fallara. Ya lo creo que fallaba.

Aquella tarde Gerardo se encontraba cerca de la casa del maestro cuando lanzó al aire varias pedradas. No se supo si lo hizo a posta o si fue casualidad, pero es lo cierto,  que uno de los proyectiles vino a dar en el cuerpo de una de las veinte palomas torcaces.

La conmoción entre los amigos de Gerardo fue general .Gerardo juraba y perjuraba que él no lo había hecho, que no era el culpable del crimen. Pero la realidad, la cruda realidad era, que el palomicidio se había consumado. Todos los compañeros le señalaban como culpable.

El ave se hallaba agonizante en la zona izquierda de la valla que rodea la escuela y casa del maestro. El maestro acude ante el alboroto que rodea al autor de la hazaña. Al igual que los niños, se une al duelo y ahonda en la herida, al comentar las posibles represalias que caerán sobre el autor del terrible suceso. Se muestra colaborador para hacer desaparecer el cuerpo del delito, y deciden enterrarlo, allí, en el sitio,  junto a la tapia

Todos abandonan el escenario del crimen y el anochecer cae sobre el poblado. En casa del maestro le narran a su madre el suceso. La madre que se hallaba durmiendo a la pequeña Merci, se horroriza con el relato del maestro. Los hijos lo oyen, están despavoridos. Cenan a la luz de un quinké las consabidas patatas fritas con huevo. Riquísima la cena uadlaina.

A las diez de la noche el pueblo duerme y con los habitantes del poblado, las diecinueve palomas torcaces, descendientes de aquella pareja de Londres, que aclimataron en el pueblo de Yebala.

Noche de tensa calma en casa de Gerardo, Don Diego y Doña  Carmen ajenos a la preocupación de su hijo. Don Diego contramaestre de la Armada no es hombre al que se le de las ambigüedades. Recto como una vela.

En casa del maestro los niños se miran expectantes. El padre sale  pala en mano. Los niños le siguen, no adivinan que va a suceder. Átónitos observan como el padre de una palada, extrae el ave todavía templada. Los niños se miran aún más atónitos cuando observan al padre desplumarla, para después verterla en un puchero.

 

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Comentarios Perdiendo la inocencia

Bueno,bueno,bueno.Que memoria,
isabel isabel 20/03/2014 a las 09:15

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