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LA GUERRA CONTINÚA

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Hace tiempio que leo el  DIARIO DE CADIZ  DIGITAL. En el mismo aparecen diariamente artículos de fondo  e información en portada, de múltiples noticias de  actualidad. En casi todas al final de la noticia viene un apartado titulado comentarios, a fin de  que el lector pueda expresar la opinión que la noticia le merece.

Dicho esto tengo que decir que casi todos los días suelo leer algunos de los comentarios y  también suelo emitir mi opinión.

Es curioso pero los comentarios más abundantes se producen en aquellas noticias que hacen referencia a la corrupción en cualquiera de las administraciones del estado, o bien a opiniones emitidas por personajes que ocuparon cargos de relevancia en el pasado reciente de la política española.

Hasta aquí nada  sería objetable, si no fuese porque es un denominador común en los comentarios el enervamiento y la visceralidad de las opiniones, dependiendo del personaje sobre el que se opina.

Por ejemplo si Felipe Gonzalez  o Jose Maria  Aznar  emiten un juicio acerca de cualquier suceso, se disparan los comentarios  de manera exacerbada hasta llegar “a las manos”. Los comentarios en estos casos pasan del centenar, cuando  en otros, la media suelo ser de la mitad o incluso inferior.

 Al final aparece el fantasma de la guerra civil y las dos Españas estan ya en danza con todo el cortejo de odios y rencores mas o menos virulentos.

  El expresidente del gobierno Don José Luis Rodriguez  Zapatero, por supuesto, se  encargó de resucitar ese sentimiento que parecía dormido o al menos llevaba años hibernando,  en estado de vida latente.

Me gusta opinar sobre todo, sin ánimo de exacerbar en exceso los sentimientos de mis compatriotas. Al hilo de este post que ahora escribo me ha interesado el artículo que hace poco  publicó  José María Carrascal en el diario ABC y que a continuación transcribo.

A los 75 años de comenzar, la guerra civil española todavía no ha terminado. Sigue librándose en libros, artículos, conferencias, debates, con el mismo ardor, parcialidad, fiereza de siempre. Sigue librándose porque los vencidos no la dan por perdida, reclaman al menos la victoria moral, tener siquiera la razón, y los ganadores no se la conceden. Suele decirse que en toda guerra, la primera víctima es la verdad. En una guerra civil, la verdad es asesinada dos veces, una por cada bando. No se ha escrito todavía ningún libro —historia, novela, drama, memoria, poemario— verdadero sobre nuestra guerra civil. Todos ellos dicen sólo media verdad: la del autor que intenta racionalizar su causa. Lo que significa que todos son también medio falsos.

Ambas partes esgrimen sus razones —que las tienen— pero al contradecirse entre sí, se anulan mutuamente, por lo que tanto puede decirse que ambas tenían razón como que no la tenían. Había tantos motivos para sublevarse contra una república que había dejado de ser res-publica, cosa pública, convertida en intento de aniquilar a la otra mitad, como para defenderla, sin que nadie pueda apropiarse del legítimo derecho, al haber sido sustituido por el odio, el rencor y el fanatismo en prácticamente todas las capas de la sociedad española, así como en sus distintos estamentos, comenzando por el político y terminando por el militar.

Quién empezó, quién tuvo la culpa, no me atrevo a decirlo, no por cautela, sino por haber culpas para todos, consciente de que uno y otro bando me lo reprocharán duramente por no atribuirla al contrario.

La animosidad es tan profunda y la parcialidad ha ido tan lejos que incluso los testigos y comentaristas extranjeros no han sido inmunes a aquel estallido de furia, y ni siquiera los últimos libros de autores ingleses, franceses, americanos y alemanes están libres de tales características, que quedan evidentes en los adjetivos que aplican a cada personaje, batalla o situación, no importa que los hechos que narren sean correctos.

¿Hasta cuándo continuaremos los españoles librando nuestra guerra civil? ¿Cuándo firmaremos la paz con nosotros mismos? Tampoco lo sé, a la vista del masoquista placer que encontramos en volver a librarla. Sí sé, en cambio, que esa contienda permanente es un freno a nuestro avance, que se lleva buena parte de nuestras energías y que nos impide abordar tareas mucho más urgentes y necesarias. Es lo que me lleva a pensar que aquella guerra no fue sólo una guerra. Fue el castigo que nos infligimos los españoles a nosotros mismos por no haber sido capaces todavía de levantar la nación, el país, el Estado moderno, desarrollado, acogedor, que hubiéramos deseado tener y aún no tenemos.

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