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Adiós tía Josefa

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Ese día Tía Josefa no se levantó. Mi pobrecita tía, mi queridísima tía Josefa, tal vez estaba mucho peor de lo que yo pensaba.

Sería entonces los últimos días del mes de febrero del año 1965 Ella, la incansable, la mujer tenaz, siempre diligente para atenderme, que se desvivía por darme lo mejor. La comida del mediodia era una fiesta para mi. Ella apenas comía. Infatigable en las tareas domésticas  hasta caer rendida por las tardes, cuando la casa limpísima brillaba como una patena.

Era entonces cuando se sentaba en la sala de estar de lo que quedaba de Cardoso 2, segundo derecha. Se sentaba en la mecedora cercana a una gigantesca mesa de camilla, vestida de color verde oscuro. Allí comenzaba sus rezos y se quedaba a veces rendida con el rosario entre las manos. Otras veces leía el Mensajero del Corazón de Jesús, revista a la que estaba suscrita desde hacía años.

Cuando  coincidíamos en esas horas,  le gustaba contarme historias de la familia, de Rota y de sus padres, de su tío Antonio el que emigró a Buenos Aires, de mi abuela Ramona y de la hija de esta, Mercedes, mi madre..

Ella y Ramona vivieron en la misma finca desde que se vinieron a Cádiz, tras el asesinato de mi abuelo Manuel, en los trágicos sucesos de Casas Viejas.

Tenía sobre la mesa, entre las estampas de santos y misal, una foto de mi hermana menor, Mari Carmen con unos tres años,  ataviada con vestimenta de marroquí de la zona rural de Yebala, que ambos comentábamos, recordando las gracias de aquella niña tan querida.

También ella sufría por mi ausencia algunas noches de invierno, cuando iba al cine o a estudiar a casa de algún compañero, Lalo Cañada o Enrique Gomez Hör. Y la recuerdo sentada en la mecedora esperándome y me reprendía que viniese tan tarde. No lo hacía como un reproche sino como dolida por las horas transcurridas en soledad.

En aquellos días yo estudiaba el último curso de carrera, mis padres vivían en Sevilla y a Isabel, mi hermana, la mandaron a Cádiz para el cuidado de nuestra tía, que se consumía al paso de los días.Nos resultaba desesperante verla dormitar casi todas las horas. A veces solía decirnos que se encontraba mejor, para que no nos preocupásemos demasiado y pudiéramos salir a la calle, cosa que hicimos alguna vez cuando parecía que mejoraba su estado.

A principios de marzo de aquel año, Cádiz recibió a unos ochenta frailes dominicos para una misión, cosa que antiguamente ocurría cada quince o veinte años, supongo que para avivar la fe de nosotros los creyentes católicos. El recibimiento fue espectacular con la bienvenida en la plaza de la catedral por el célebre Obispo Monseñor Añoveros, las autoridades civiles, militares y mucha gente.

Otra cosa que recuerdo de aquellos años es la celebración en la capital de unos campeonatos de tenis de mesa.. Es curioso que recuerde algo tan insignificante como esta competición después de cincuenta años, lo que me da ahora idea de las pocas cosas que ocurrían en la sociedad del 65 y de las pocas ganas de divertirnos siendo tan jóvenes como éramos entonces. La enfermedad de nuestra querida tía, pienso ahora,  sería la causa principal de aquella desidia.

Pasaron las misiones en las que Isabel tomo parte no activa, al asistir a muchos de los sermones que se celebraron en los templos de la ciudad, principalmente en la iglesia de Santiago. Yo también asistí a algunos de ellos.

El once de abril me vino Isabel al borde del llanto por el estado de nuestra tía Josefa. Al acercarme a la cama ya la vi muy mal.

Efectivamente minutos después, tía Josefa agonizaba buscando el abrazo nuestro. Me acerqué lo más posible y la abracé con toda mi alma. Lloramos Isabel y yo amargamente la muerte de nuestra tía, No tengo conciencia de quien avisó a Tío Francisco que vino a casa minutos después y nos consolaba y nos abrazaba estrechamente

También se portó extraordinariamente bien en aquellos momentos de desconcierto,, la vecina Manuela Muñoz, quien estuvo tan cercana como siempre y amortajó ella sola el cuerpo sin vida de Tía Josefa. Reconozco el temple de esta luchadora mujer, siempre unida a nuestra familia

La casa que me vio nacer y que me acogió en todas las fases de mi vida hasta entonces, ya no podía ser mi casa. Por razones obvias, yo, estudiante, insolvente y sorprendido por la muerte de mi tía me vi acogido por mi tío Francisco, en el Convento de Sta. María, de las Madres Concepcionistas Franciscanas.. Convento de Clausura donde mi tío ejercía de Capellán.

Dejar aquella casa de tantos recuerdos me resultó sumamente doloroso- Los dueños de la finca en ningún momento me urgieron para que la mudanza fuese inmediata. Todo lo contrario. Pero yo que conocía mi pereza en estos casos, no quise demorar mi traslado al Convento. A la pena de la muerte de mi querida Tía se unía la de dejar su casa, ambas indisolublemente unidas.

De manera que,  una mañana después del duelo, me encajé en Cardoso 2. Allí si iba a ser duro entrar en casa de tía Josefa , sin tía Josefa, ¡¡Ay que dolor de esa mecedora vacía !!  Vi como sí se balanceara sola. Jamás he olvidado esa imagen. Debió ser una ilusión óptica, pero reconozco que me intimidó y sentí ganas de huir. Un frio un escalofrío sentí en esos momentos; Sentía el crujir de la vieja mecedora vacía y me dolía el frio, un frío real de ultratumba. Sentí allí la muerte de mi tía como si fuera mi muerte y sentía ganas de huir de la casa que ya no era mi casa., 

Pasado aquel mal rato, lo demás ya, vino rodado, hacer la mudanza y seguir el curso de mi vida con el vacío .., que el tiempo, dicen que llena.

Josefa Gonzalez Milan D.E.P.

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